**¿Pensamos de la misma manera quienes hablamos español, inglés, italiano, ruso o chino?** La pregunta parece pertenecer a la lingüística, pero también involucra a la neurociencia, la psicología cognitiva y el estudio de la inteligencia.

El idioma que aprendemos durante nuestros primeros años no es solamente una herramienta para comunicarnos. Es uno de los primeros sistemas complejos que utilizamos para organizar experiencias, reconocer patrones, clasificar conceptos y relacionarnos con el mundo.

Mientras aprendemos a hablar, nuestro cerebro también se desarrolla. Se fortalecen conexiones neuronales, se especializan determinados circuitos y se construyen asociaciones entre sonidos, palabras, imágenes, emociones y experiencias.

Pero hay una pregunta que merece especial atención: ¿las diferencias entre los idiomas pueden influir en la arquitectura funcional del cerebro y, como consecuencia, en nuestros hábitos de pensamiento?

La investigación científica ofrece evidencias interesantes. Aunque todavía no permite afirmar que un idioma produzca personas más inteligentes que otro, sí muestra que el lenguaje puede influir en algunos procesos de percepción, categorización y representación mental.

Para entenderlo, necesitamos observar cómo se relacionan el lenguaje, la plasticidad cerebral y la construcción del pensamiento.

## 1. El cerebro no nace hablando: aprende a organizar el lenguaje

Durante los primeros años de vida, el cerebro humano atraviesa un período de enorme desarrollo y plasticidad.

Un niño no aprende simplemente a repetir sonidos. Aprende a reconocer diferencias fonéticas, identificar patrones, asociar palabras con objetos y acciones, interpretar intenciones y construir relaciones entre conceptos.

Cada experiencia de aprendizaje participa en la reorganización de sus redes neuronales.

Las neuronas se comunican mediante conexiones llamadas sinapsis. La actividad repetida puede modificar la eficacia de esas conexiones y contribuir a reorganizar circuitos que participan en el aprendizaje y la memoria.

Con el tiempo, determinados procesos se vuelven más eficientes y automáticos.

Por ejemplo, un niño que escucha español desde su nacimiento aprende progresivamente a reconocer sus sonidos, distinguir sus palabras y utilizar sus estructuras gramaticales sin tener que analizar conscientemente cada operación.

Lo mismo sucede con un niño que crece escuchando inglés, ruso, italiano o chino mandarín.

Esto no significa que cada idioma produzca neuronas diferentes. La biología neuronal humana es compartida. Lo que puede cambiar es la organización y el funcionamiento de las redes que se desarrollan a partir de la experiencia.

La neuroplasticidad permite precisamente eso: que el cerebro adapte sus conexiones y su funcionamiento a las exigencias del entorno.

La investigadora y neurocientífica Angela Friederici ha estudiado ampliamente las bases neuronales del lenguaje. Por su parte, una revisión de 2024 de Evelina Fedorenko, Anna Ivanova y Tamar Regev, publicada en *Nature Reviews Neuroscience*, analiza cómo se organiza la red cerebral especializada en el procesamiento lingüístico y cómo interactúa con otros sistemas cognitivos.

La conclusión importante es que el lenguaje involucra redes especializadas, pero no funciona de manera aislada del resto del cerebro.

## 2. ¿Todos los idiomas organizan la información de la misma manera?

No. Los idiomas tienen estructuras diferentes y presentan distintas exigencias para quienes los aprenden y utilizan.

Veamos algunos ejemplos.

### Español: género, conjugaciones y relaciones gramaticales

El español utiliza género gramatical, conjugaciones verbales, tiempos, modos y concordancias.

Una persona que habla español aprende a reconocer diferencias como:

- Yo pienso.

- Nosotros pensamos.

- Yo pensaba.

- Yo pensaré.

- Si yo pensara.

Estas estructuras permiten expresar información sobre quién realiza una acción, cuándo ocurre y bajo qué condiciones.

El género gramatical también introduce clasificaciones lingüísticas: una mesa es femenina y un libro es masculino.

Esto no significa que el hablante interprete necesariamente los objetos como seres femeninos o masculinos. Sin embargo, estas categorías pueden influir en determinadas asociaciones mentales.

### Inglés: orden de palabras y estructura de las oraciones

El inglés utiliza un sistema verbal con menos variaciones morfológicas que el español y depende en mayor medida del orden de las palabras para expresar relaciones sintácticas.

Por ejemplo:

- The dog bites the man.

- The man bites the dog.

Las mismas palabras pueden expresar situaciones completamente diferentes dependiendo de su organización.

El aprendizaje del inglés implica familiarizarse con patrones sintácticos, auxiliares, preposiciones y construcciones que no siempre tienen equivalencia directa en español.

### Italiano: género, concordancia y conjugaciones

El italiano comparte características con el español, como el género gramatical y la conjugación verbal.

Sin embargo, tiene sus propias estructuras fonéticas, morfológicas y sintácticas.

Incluso entre lenguas relativamente cercanas existen diferencias que requieren desarrollar nuevos patrones de reconocimiento y producción del lenguaje.

### Ruso: casos gramaticales y aspecto verbal

El ruso presenta una característica especialmente interesante: utiliza casos gramaticales para indicar la función de los sustantivos y otras palabras dentro de una oración.

Las terminaciones pueden cambiar dependiendo de si una palabra funciona como sujeto, objeto, complemento u otra relación gramatical.

También utiliza distinciones de aspecto verbal que permiten expresar diferentes maneras de concebir una acción.

El aprendizaje de estas estructuras requiere reconocer relaciones gramaticales que pueden expresarse de forma diferente en español o inglés.

### Chino mandarín: tonos y caracteres

El mandarín presenta otras exigencias.

Es una lengua tonal: una misma secuencia silábica puede adquirir significados diferentes dependiendo del tono utilizado.

Además, su escritura utiliza caracteres. Cada carácter suele representar un morfema (la unidad mínima con significado) y, en general, se asocia también con una sílaba. Pero la relación no es tan simple: muchas palabras se forman combinando dos o más caracteres, algunos caracteres pueden leerse de distintas maneras según el contexto, y muchos combinan componentes que sugieren el significado o la pronunciación. Aprender a leerlos requiere procesos de reconocimiento visual y de memoria específicos.

Esto implica familiarizarse con patrones fonológicos, tonales y gráficos diferentes de los que predominan en los sistemas alfabéticos.

**Una aclaración importante:** estas características describen las estructuras de los idiomas, no la inteligencia ni la personalidad de sus hablantes. No existe evidencia que permita concluir que una de estas lenguas produce una capacidad general de razonamiento superior a las demás.

Lo interesante es estudiar cómo distintas experiencias lingüísticas pueden influir en determinadas operaciones cognitivas.

## 3. ¿El idioma influye en nuestra manera de interpretar la realidad?

Esta pregunta forma parte de una disciplina conocida como relatividad lingüística.

Su planteamiento central es que las estructuras y categorías de una lengua pueden influir en determinados hábitos de pensamiento.

No significa que el idioma determine absolutamente lo que podemos pensar. Significa que puede orientar nuestra atención hacia ciertas características de la realidad y facilitar determinadas asociaciones.

Uno de los ejemplos más conocidos es el estudio de Lera Boroditsky sobre el tiempo y las diferencias entre hablantes de inglés y mandarín.

### El tiempo: ¿horizontal o vertical?

En inglés es habitual utilizar expresiones espaciales horizontales para hablar del tiempo.

Por ejemplo, hablamos de mirar hacia adelante, dejar algo atrás o tener acontecimientos por delante.

En mandarín también existen expresiones que representan el tiempo mediante relaciones verticales.

En su investigación de 2001, publicada en *Cognitive Psychology*, Boroditsky realizó experimentos para estudiar si estas diferencias lingüísticas se reflejaban en la manera de representar mentalmente el tiempo.

Encontró que los hablantes de mandarín mostraban una mayor tendencia a utilizar representaciones verticales en determinadas tareas, incluso cuando respondían en inglés.

También observó que enseñar a hablantes de inglés nuevas formas de hablar sobre el tiempo podía modificar sus respuestas posteriores.

El resultado es interesante porque sugiere que las formas habituales de expresión pueden influir en cómo representamos conceptos abstractos.

Sin embargo, esta investigación también recibió críticas: January y Kako (2007) reevaluaron la evidencia y Chen (2007) informó que no logró replicar los resultados con hablantes de mandarín e inglés. Por eso, no corresponde presentarla como una demostración definitiva de que todos los hablantes de mandarín experimentan el tiempo de una manera diferente.

Lo que aporta es una hipótesis experimental importante sobre la relación entre lenguaje y pensamiento.

## 4. ¿Dos personas pueden percibir los colores de manera diferente por hablar distintos idiomas?

Otro ejemplo interesante procede de una investigación sobre hablantes de ruso e inglés.

En inglés existe una categoría general para el color azul: *blue*.

En ruso se utilizan dos términos básicos para distinguir tonalidades:

- *Siniy*: azul oscuro.

- *Goluboy*: azul claro.

En 2007, Jonathan Winawer y sus colaboradores publicaron un estudio en *Proceedings of the National Academy of Sciences* (PNAS).

Los investigadores compararon la velocidad con la que hablantes de ruso e inglés distinguían diferentes tonos de azul.

Encontraron que los participantes rusos podían distinguir más rápidamente ciertos colores cuando pertenecían a categorías lingüísticas diferentes, por ejemplo, cuando uno correspondía a *siniy* y otro a *goluboy*.

El efecto disminuía cuando los participantes realizaban simultáneamente otra tarea verbal.

Esto es especialmente interesante: sugiere que las categorías aprendidas mediante el lenguaje pueden intervenir en tareas de discriminación perceptiva.

No quiere decir que los ojos de una persona rusa detecten colores que los ojos de una persona inglesa no pueden ver. La diferencia observada está relacionada con la categorización y el procesamiento de la información.

Además, investigaciones posteriores han señalado límites y dificultades para reproducir algunos de estos efectos. Es importante considerar estos resultados como evidencia de una posible influencia lingüística en tareas específicas, no como una regla universal.

## 5. ¿El aprendizaje de un idioma modifica físicamente el cerebro?

Aquí pasamos de la lingüística a la neurociencia.

La respuesta general es sí: aprender y utilizar una segunda lengua puede asociarse con cambios funcionales y estructurales en el cerebro.

La neuroplasticidad no desaparece cuando termina la infancia.

En 2012, Alexander Schlegel, Justin Rudelson y Peter Tse publicaron una investigación en *Journal of Cognitive Neuroscience* titulada:

*White Matter Structure Changes as Adults Learn a Second Language.*

El estudio siguió durante nueve meses a 11 adultos angloparlantes que aprendían chino mandarín de manera intensiva y comparó sus resultados con los de un grupo de control. Es una muestra pequeña, por lo que conviene interpretar sus resultados con cautela.

Mediante técnicas de neuroimagen, los investigadores observaron cambios progresivos en la organización de la sustancia blanca en diferentes regiones y conexiones cerebrales.

La sustancia blanca contiene fibras nerviosas que permiten la comunicación entre distintas áreas del cerebro.

Los resultados aportaron evidencia de que el aprendizaje de una lengua compleja puede estar acompañado de modificaciones en las conexiones neuronales incluso durante la edad adulta.

Otra revisión científica publicada en 2014, *Neuroplasticity as a Function of Second Language Learning: Anatomical Changes in the Human Brain*, analizó investigaciones sobre bilingüismo y aprendizaje de segundas lenguas.

Los autores encontraron evidencia de adaptaciones estructurales y funcionales relacionadas con la experiencia lingüística.

Entre los factores que pueden influir se encuentran:

- La edad de adquisición.

- La intensidad del aprendizaje.

- El nivel de dominio alcanzado.

- La frecuencia de utilización.

- Las características del idioma.

- Las diferencias individuales.

Esto permite formular una conclusión relevante: el cerebro adulto conserva capacidad para reorganizarse como consecuencia del aprendizaje.

No obstante, es necesario evitar una interpretación exagerada. Los cambios observados mediante neuroimagen no significan automáticamente que una persona haya ganado inteligencia o que todas sus capacidades cognitivas hayan mejorado.

## 6. ¿Hablar varios idiomas significa desarrollar más inteligencia?

El bilingüismo y el multilingüismo presentan una oportunidad interesante para estudiar cómo el cerebro administra diferentes sistemas lingüísticos.

Una persona que utiliza habitualmente dos idiomas puede necesitar seleccionar cuál utilizar, recuperar vocabulario específico y evitar interferencias entre ambos sistemas.

Estas operaciones involucran procesos relacionados con:

- Atención selectiva.

- Memoria de trabajo.

- Recuperación de información.

- Control ejecutivo.

- Flexibilidad en determinadas tareas.

- Adaptación al contexto comunicativo.

El uso de varios idiomas puede producir adaptaciones en las redes cerebrales relacionadas con el lenguaje y el control cognitivo.

Sin embargo, existe un debate científico sobre cuánto se traducen esas adaptaciones en ventajas cognitivas generales.

Durante años se popularizó la idea de que las personas bilingües tienen necesariamente mejor memoria, mayor concentración o una inteligencia superior.

La evidencia disponible es más compleja.

Los resultados varían según la edad, el contexto, la frecuencia de uso de los idiomas, el nivel de dominio y las tareas utilizadas para medir el rendimiento.

Por eso, es más correcto afirmar que el multilingüismo representa una experiencia cognitiva particular que exige gestionar diferentes sistemas lingüísticos y que puede producir adaptaciones cerebrales, sin garantizar una ventaja intelectual universal.

## 7. ¿Existe una diferencia entre aprender un idioma desde niño y aprenderlo de adulto?

Sí. La edad de adquisición es uno de los factores relevantes para comprender el desarrollo lingüístico.

Durante la infancia existen períodos de especial sensibilidad para adquirir determinados aspectos del lenguaje.

Los niños suelen desarrollar una pronunciación y una comprensión fonológica muy cercanas a las de los hablantes de su entorno cuando reciben exposición suficiente desde edades tempranas.

En los adultos, el aprendizaje puede requerir más esfuerzo consciente.

Al comenzar a estudiar otro idioma, es habitual traducir mentalmente, comparar estructuras y recurrir a conocimientos adquiridos previamente.

Con la práctica, algunas operaciones se automatizan y el cerebro desarrolla nuevas asociaciones.

Esto no significa que una persona adulta esté condenada a aprender lentamente o que no pueda alcanzar un nivel avanzado.

La experiencia, la motivación, la exposición y la calidad de la práctica pueden tener una influencia considerable.

El cerebro mantiene su capacidad de adaptación durante toda la vida, aunque los mecanismos y las condiciones del aprendizaje no sean idénticos en todas las etapas.

## 8. El idioma no es el único factor que construye nuestra manera de pensar

Llegados a este punto, sería un error atribuir todas las diferencias cognitivas al idioma materno.

El desarrollo cerebral es el resultado de múltiples factores que interactúan.

Entre ellos se encuentran:

- La genética y las condiciones biológicas.

- El entorno familiar.

- La educación.

- La cultura.

- La alimentación y el descanso.

- Las experiencias personales.

- La interacción social.

- El acceso a información y conocimientos.

- La práctica de habilidades a lo largo de la vida.

Dos personas que hablan el mismo idioma pueden tener experiencias educativas y culturales completamente diferentes.

Del mismo modo, dos personas que hablan idiomas distintos pueden desarrollar capacidades y formas de razonamiento muy similares.

La cultura, las prácticas educativas y las experiencias sociales interactúan con el aprendizaje lingüístico mientras el cerebro se desarrolla. Cada sistema educativo prioriza habilidades distintas, cada hogar y cada comunidad ofrecen otros tipos de conversación, juego y práctica, y cada sociedad valora y entrena determinadas maneras de resolver problemas. Todo esto sucede al mismo tiempo que se aprende el idioma, por lo que resulta difícil separar qué parte de una diferencia observada se debe a la lengua y qué parte a la experiencia cultural, educativa o social.

Por eso, cuando se observan diferencias de rendimiento entre grupos culturales, no corresponde atribuirlas automáticamente al idioma. Pueden reflejar el acceso a la educación, las oportunidades de práctica, las expectativas sociales, el contexto económico o incluso la manera en que se diseñó la prueba. Y aun cuando el idioma contribuya, lo hace junto con esos factores y no de forma aislada.

También es importante distinguir entre el lenguaje y el pensamiento.

En 2024, Evelina Fedorenko, Steven Piantadosi y Edward Gibson publicaron en *Nature* un artículo titulado *Language is Primarily a Tool for Communication Rather Than Thought*.

Los autores revisaron evidencias de neurociencia y otras disciplinas para argumentar que el lenguaje funciona principalmente como una herramienta de comunicación y que no es indispensable para todas las formas de pensamiento.

Conviene aclarar qué tipo de trabajo es: Nature lo clasifica como un artículo de perspectiva (*Perspective*). Es decir, presenta una interpretación argumentada de la evidencia disponible y no reporta un experimento nuevo. No cierra la discusión: la relación entre lenguaje, pensamiento y redes cerebrales sigue siendo objeto de debate científico.

Esta perspectiva introduce una distinción fundamental: podemos razonar, reconocer patrones y resolver determinados problemas sin tener que formular verbalmente cada operación.

Por lo tanto, el lenguaje puede influir en el pensamiento sin ser el único mecanismo que lo hace posible.

## 9. ¿Podría existir una relación entre el idioma materno y la eficiencia cognitiva?

Esta es una de las preguntas más interesantes que surgen de todas estas investigaciones.

Si diferentes idiomas presentan distintas estructuras y exigencias de procesamiento, y si el aprendizaje modifica la organización de las redes neuronales, ¿podrían existir diferencias sistemáticas en la manera en que sus hablantes procesan determinados tipos de información?

La pregunta es legítima, pero requiere precisión.

La eficiencia cognitiva no puede medirse simplemente observando qué idioma utiliza una persona.

Para estudiarla habría que definir tareas concretas y comparar variables como:

- Tiempo necesario para resolver un problema.

- Precisión de las respuestas.

- Cantidad de información que puede mantenerse activa.

- Capacidad para reconocer patrones.

- Flexibilidad ante cambios de contexto.

- Esfuerzo cognitivo requerido para una tarea determinada.

También habría que controlar factores como educación, edad, experiencia, nivel socioeconómico, dominio lingüístico y exposición cultural.

Una propuesta experimental sencilla sería comparar hablantes de distintas lenguas maternas mediante tareas equivalentes: con el mismo formato, las mismas instrucciones y estímulos que no dependan del idioma, o adaptados con rigor. En cada tarea se registrarían el tiempo de respuesta, la precisión, la memoria y el esfuerzo cognitivo, medido o autoinformado. Los grupos tendrían que equipararse en educación, edad, experiencia con la tarea y otras variables relevantes, y convendría repetir el diseño con distintas muestras y en distintos laboratorios para comprobar si los resultados se sostienen.

Una persona podría mostrar ventajas en una tarea específica por la experiencia adquirida mediante su lengua materna, sin que eso signifique que tenga una capacidad intelectual general superior.

Además, una mayor activación cerebral no significa necesariamente mayor eficiencia, ni una menor activación implica automáticamente un mejor rendimiento.

Para hablar de eficiencia es necesario considerar simultáneamente el resultado obtenido, el esfuerzo requerido y las condiciones de la tarea.

Por ahora, la ciencia no permite afirmar que hablar chino, ruso, inglés, español o italiano produzca una arquitectura cerebral globalmente más eficiente.

Pero sí permite investigar cómo las experiencias lingüísticas participan en la especialización y reorganización de determinadas redes neuronales.

## 10. Una pregunta para el futuro: ¿podemos ampliar nuestra manera de pensar aprendiendo otros idiomas?

Quizás la consecuencia más interesante de todo este conocimiento no sea determinar qué idioma produce mejores resultados cognitivos, sino comprender qué sucede cuando una persona incorpora nuevas formas de organizar la información.

Aprender otro idioma significa exponerse a nuevas categorías, sonidos, estructuras gramaticales y formas de expresar relaciones.

También implica descubrir que conceptos que parecen naturales en nuestra lengua materna pueden organizarse de otra manera en otra cultura.

Una persona que aprende ruso se familiariza con un sistema de casos. Al estudiar mandarín debe prestar atención a los tonos y a un sistema de escritura diferente. Al aprender inglés incorpora nuevas construcciones sintácticas y formas de expresión.

No necesariamente comienza a pensar de una manera completamente diferente, pero incorpora herramientas adicionales para representar y comunicar experiencias.

En ese sentido, aprender idiomas puede ampliar el repertorio de asociaciones y recursos lingüísticos disponibles.

Y lo más interesante es que esta posibilidad no desaparece al terminar la infancia.

La plasticidad cerebral permite seguir aprendiendo, adaptando y reorganizando conexiones durante la vida adulta.

## Conclusión: no hablamos solamente con el cerebro que tenemos; también aprendemos con él

El idioma materno es mucho más que un conjunto de palabras y reglas gramaticales.

Es una experiencia de aprendizaje que comienza en una etapa de gran plasticidad cerebral y participa en la construcción de redes especializadas, asociaciones conceptuales y hábitos de procesamiento.

Las investigaciones muestran que las diferencias lingüísticas pueden influir en determinadas tareas de percepción, categorización y representación mental. También existen evidencias de que aprender otros idiomas puede acompañarse de modificaciones funcionales y estructurales en el cerebro.

Sin embargo, todavía no sabemos hasta qué punto esas diferencias se traducen en cambios generales y duraderos en la inteligencia, la creatividad o la capacidad de resolver problemas.

Quizás la pregunta más productiva no sea qué idioma desarrolla un cerebro mejor, sino cómo las distintas experiencias lingüísticas contribuyen a construir diferentes maneras de organizar la información.

Comprender esa relación puede ayudarnos a estudiar mejor el aprendizaje humano, la educación, la neuroplasticidad y las posibilidades de adaptación del cerebro.

**Cada idioma ofrece una forma particular de organizar la experiencia. Aprender otro no cambia quiénes somos de un día para otro, pero puede ampliar las herramientas con las que comprendemos y expresamos el mundo.**

## Fuentes científicas y lecturas recomendadas

Las siguientes publicaciones son investigaciones y revisiones científicas reales, publicadas en revistas académicas. Se incluyen enlaces a sus registros originales para que el lector pueda consultar los trabajos.

**1. Fedorenko, E., Ivanova, A. & Regev, T. (2024).** *The language network as a natural kind within the broader landscape of the human brain.* Nature Reviews Neuroscience, 25, 289–312. https://doi.org/10.1038/s41583-024-00802-4

**2. Fedorenko, E., Piantadosi, S. T. & Gibson, E. A. F. (2024).** *Language is primarily a tool for communication rather than thought.* Nature, 630, 575–586. https://doi.org/10.1038/s41586-024-07522-w

**3. Boroditsky, L. (2001).** *Does language shape thought? Mandarin and English speakers' conceptions of time.* Cognitive Psychology, 43(1), 1–22. https://doi.org/10.1006/cogp.2001.0748

**4. Winawer, J. et al. (2007).** *Russian blues reveal effects of language on color discrimination.* Proceedings of the National Academy of Sciences, 104(19), 7780–7785. https://doi.org/10.1073/pnas.0701644104

**5. Schlegel, A. A., Rudelson, J. J. & Tse, P. U. (2012).** *White matter structure changes as adults learn a second language.* Journal of Cognitive Neuroscience, 24(8), 1664–1670. https://doi.org/10.1162/jocn_a_00240

**6. Li, P., Legault, J. & Litcofsky, K. A. (2014).** *Neuroplasticity as a function of second language learning: Anatomical changes in the human brain.* Cortex, 58, 301–324. https://doi.org/10.1016/j.cortex.2014.05.001

**7. January, D. & Kako, E. (2007).** *Re-evaluating evidence for linguistic relativity: Reply to Boroditsky (2001).* Cognition, 104, 417–426. https://doi.org/10.1016/j.cognition.2006.07.008

**8. Chen, J.-Y. (2007).** *Do Chinese and English speakers think about time differently? Failure of replicating Boroditsky (2001).* Cognition, 104, 427–436. https://doi.org/10.1016/j.cognition.2006.09.012

*Nota editorial: este artículo tiene fines informativos y de divulgación científica. Las investigaciones citadas estudian fenómenos específicos y no permiten establecer jerarquías de inteligencia entre idiomas o grupos de hablantes.*